Historia

Los primeros indicios del paso del hombre por las Columbretes sugieren que ya los fenicios la utilizaron como un puerto de abrigo, ideal para protegerse ante las variaciones en el mar. Así lo constatan restos de esta cultura, como argollas o ánforas, o el hecho de que este archipiélago fuera ya nombrado por los fenicios en sus periplos.

Posteriormente, fueron comerciantes griegos y romanos quienes se valieron de estas islas también como puerto de abrigo, y quienes las bautizaron como “Ophiusa” (griegos) y “Colubraria” (romanos), debido al elevado número de serpientes que allí se encontraban. Al pie del acantilado del lado Este de l’Illa Grossa, a unos 30 metros de profundidad, se halla un pecio romano a bordo del cual se encontraron multitud de ánforas, las cuales, probablemente, debieron de contener salazones para el comercio.

Otras gentes que pasaron por las Columbretes, hasta tiempos no tan remotos, fueron los corsarios norteafricanos. Desde el siglo XIV hasta principios del XIX, los permanentes ataques que sufrió nuestra costa a manos de piratas berberiscos, en busca de botín y rehenes, fueron la causa de numerosas incursiones a las islas, que les servían, principalmente, de refugio. Cuenta una antigua leyenda que, en una de esas incursiones, los corsarios, que eran perseguidos por naves cristianas tras un saqueo, ocultaron un valioso botín en una cueva cuya entrada se hallaba bajo el nivel del agua. Se trataría de la “Cova del Tresor”, de cuya existencia todavía hoy no se tiene constancia.

También los contrabandistas han utilizado el archipiélago como refugio hasta tiempos no tan lejanos. De hecho, todavía en el siglo XX se tenía constancia de sus actividades en las islas. El archiduque Luís Salvador de Austria, quien pasó un tiempo en las Columbretes (de ellas publicó un libro en 1895), explicó cómo las visitas de estas gentes se producían intermitentemente. Según cuenta, la mayoría de ellos eran mallorquines, aunque en sus naves ondeaba la bandera inglesa. El paso de contrabandistas por las Columbretes motivó que las autoridades destruyeran, mediante explosiones, parte del túnel marino de La Foradada, que ocultaba a aquellos de los servicios de vigilancia.

Sin embargo, fue la colonización de las islas y la consiguiente llegada de los fareros y sus familias, que vivieron allí durante más de un siglo (de forma precaria), lo que mayor daño causó al hábitat de las Columbretes. Fue a partir de 1856 cuando se empezó a construir el faro, cuya construcción finalizó en 1860. Para acabar con las víboras se decidió incendiar la isla. Por otra parte, la introducción de animales domésticos (cerdos, cabras, conejos...) y el aprovechamiento de arbustos para leña, acabó prácticamente con toda la vegetación original (lentisco, palmito, zarzaparrilla...), que hoy se conserva sólo en La Ferrera. Por lo demás, las tareas de recuperación de la vegetación en l’Illa Grossa han conseguido devolver al medio su aspecto original.

La automatización del faro, en 1975, supuso el abandono definitivo de las familias de fareros y las islas quedaron completamente deshabitadas hasta 1987, año en que se instalaron los servicios de vigilancia. Un año después, las islas Columbretes fueron declaradas Reserva Natural. Las 5.500 hectáreas circundantes se convirtieron en Reserva Marina a partir del año 1990.